lunes, 30 de enero de 2012

No más miedo

Los días iban convirtiéndose sin querer en tiempo masticado y vomitado con arcadas de tristeza. Lo peor de aquellas tardes era, sin duda, el hastío inevitable, la inexistencia de color, la angustia del tiempo que pasa y no se espera nada de él.  Eran las siete de la tarde cuando detuvo la mirada en su reloj y esperó. Estaba inquieto, intranquilo. Sintió como sus músculos se contrajeron en un segundo. Se redujeron a pequeños y diminutos tendones, arterias y venas por las que circulaba la sangre y notaba el palpitar de sus temores: estaba totalmente paralizado, bloqueado: muerto de miedo.  Era un miedo con todas las letras, personificado; casi podía tocarlo, sentir sus piernas, y sus ojos y su saliva. Podía escuchar en sus entrañas como el miedo se tragaba sus vísceras y trituraba sin piedad sus nervios. Sufría con él y sentía como le iba devorando por dentro. Ese miedo podía llamarse amor o compromiso o muerte. Y fue entonces, cuando al escuchar su nombre y se dirigió a la puerta, supo que había llegado la hora de vaciar el alma, de escupir a Don Miedo para siempre, de sentir indiferencia y de llenar su hastío de valentía y de esperanza.


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